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Sara Slapak (coord.).
Borges
y la ciencia.
Prólogo de
María Kodama.
Buenos Aires:
Eudeba, 1999.
Reseña
por Cristina
Parodi
El
Centro
de
Estudios
Avanzados
y la
Facultad
de
Derecho
y
Ciencias
Sociales
de la U.B.A.,
la
Fundación
J. L.
Borges
y la
Secretaría
de
Cultura
de la
Ciudad
de
Buenos
Aires
realizaron
en
1998
las
jornadas
cuyo
resultado
es el
presente
volumen.
El
primer
estudio,
“El
cartesianismo
como
retórica”,
de
Lucila
Pagliai,
lleva
como
subtítulo
la
pregunta
“¿por
qué
Borges
interesa
a los
científicos?”.
Una de
las
respuestas
que
propone
la
autora
como
razón
de
este
interés,
es que
los
científicos
“reúnen
algunas
de las
condiciones
del
lector
implícito
que la
estructura
del
texto
borgeano
anticipa”.
La
actual
crisis
del
paradigma
de la
ciencia
positivista
convierte
en “lectores
ideales”
de
Borges
a los
científicos
preocupados
por
dar
cuenta
de lo
que
quedó
fuera
del
paradigma
científico
tradicional.
José
Töpf
, en
“Borges
y el
problema
del
conocer.
A
propósito
de ‘La
busca
de
Averroes’”
indaga
la
posibilidad
de que
la
mente
se
aproxime
a
aquello
que no
conoce,
de que
descifre
la
realidad
como
tal y
no
sólo
lo que
previamente
conoce
de
ella.
El
autor
pasa
revista
a
diversas
aproximaciones
teóricas
del
conocimiento
(K.
Lewin,
Freud,
la
Gestalt,
Brunner,
Vigotsky,
Bachelard,
Käes,
Castoriadis)
señalando
la
presencia
de
cada
una en
el
relato
estudiado.
En la
segunda
parte,
no son
ya
teorías
sino
otras
prácticas
literarias
lo que
el
autor
trata
de
relacionar
con el
problema
de los
límites
del
conocer
explorado
por
Borges.
Son
evocados,
en
particular,
Brecht,
Cervantes
y
Pirandello.
Cierra
el
ensayo
la
afirmación
que la
memoria
de un
pueblo
puede
basarse
en
hechos
ficticios
y su
identidad
construirse
sobre
esa
memoria.
“Borges
visto
por un
científico”,
de
Marcelino
Cereijido,
presenta
la
posición
de un
biólogo
a
quien
se le
pide
que
hable
de
Borges
y la
biología.
Al
cabo
de 17
páginas
en las
que el
autor
se
siente
más
cómodo
hablando
de su
ciencia
que de
Borges,
confiesa:
“No
he
sido
capaz
de
encontrar
una
relación
significativa
entre
la
obra
de
Borges
y la
biología
clásica”.
Por
eso se
aleja
de una
inútil
consideración
biológica
de la
zoología
fantástica,
para
considerar,
en
textos
como
“Funes
el
memorioso”
y “La
biblioteca
de
Babel”,
“algunas
ideas
que
está
barajando
la
biología
actual,
tales
como
las
restricciones,
los
niveles
jerárquicos,
la
génesis
de los
lenguajes,
la
emergencia
de lo
conciente”
como
también
el
resurgimiento
del cabalismo
en la
ciencia
moderna;
“constato
–dice-
la
enorme
sensibilidad borgeana
para
detectar
y
retrotraer
toda
una
riqueza
de
conocimiento,
que el
vértigo
de la
aventura
racionalista
no
había
permitido
recoger”.
El
autor
de “Memoria
y
pensamiento”,
Eduardo
Mizraji,
es un
investigador
interesado
en el
problema
de las
bases
biológicas
de la
memoria
y del
pensamiento,
un
fenómeno
neurológico
que
Borges
exploró
en sus
ficciones,
poemas
y
ensayos.
Al
final
de su
ensayo
agrega
un
apéndice
de
textos
de
Borges
sobre
palabra,
pensamiento
y
memoria,
que
comenta
superficialmente
y
quedan
en el
apéndice
para
que el
lector
los
saboree. Mizraji,
al
igual
que la
mayoría
de los
participantes
en
estas
jornadas,
sostiene
que
los
científicos
leen a
Borges
porque
sienten
que el
pasaje
de sus
teorías
por la
obra
del
poeta
las
devuelve
enriquecidas,
con
más
nitidez
y
brillo.
Héctor
Vucetich
(“Espacio
y
tiempo
en
Borges”),
destaca
el
diferente
tratamiento
que,
en la
obra
de
Borges,
reciben
el
espacio
y el
tiempo.
Si
Borges
se
complace
en
jugar
con
las
ideas
científicas
del
espacio,
al
tiempo
lo
trata
con
dolorosa
seriedad,
con
una
“visión
trágica”
que es
parte
de una
larga
tradición
estética,
de un
pesimismo
que el
Segundo
Principio
de la
Termodinámica
enuncia
como
una
ley
cósmica
y que
describe
como
imposible
el
eterno
retorno
e
inevitable
la
muerte.
Roberto
P. J.
Perazzo
presenta
en “La
lotería
en la
ciencia”
una de
las
reflexiones
más
lúcidas
del
volumen,
en la
que
sigue
los
pasos
de la
progresiva
admisión
del
azar
en las
teorías
científicas
y en
el
universo
de la
lotería
creado
por
Borges.
Leonardo
Moledo
(“La
biblioteca
de
Babel”)
se
complace
en
seguir
las
pistas
y los
cálculos
sugeridos
por el
cuento,
que
dan
por
resultado
esa
biblioteca
que
–por
sus
impensables
dimensiones-
no
tendría
cabida
en el
universo
y
produciría
el
colapso
gravitacional
del
cosmos.
Si el
universo
fuera
una
biblioteca
como
la de
Babel,
el
universo
no
existiría.
Humberto
Alagia,
en “Indicios”,
estudia
la
dimensión
matemática
de
algunos
textos
de
Borges:
las
paradojas
de Zenon
(“La
perpetua
carrera
de
Aquiles
y la
tortuga”),
el
libro
infinito
(“El
libro
de
arena”)
y el
objeto
de un
único
lado
(“El
disco”),
que
comparten
como
rasgo
común
el
infinito
y la
eternidad.
Para
Guillermo
Boido
(“Pierre
Menard,
mentor
de la
educción
científica”)
la
lectura
de un
texto
opaco
convierte
a
todos
los
escritores
en
contemporáneos
del
lector.
La
memoria
es el
“Menard
que
todos
llevamos
dentro”
que
nos
permite
leer
nuestra
vida
como
una
reconstrucción
inédita
que
sólo
cierra
su
interpretación
en el
momento
de la
muerte.
Los
temas
de la
ciencia
como
materia
de los
cuentos
de
Borges
que
recorre
Marcelo
L.
Levinas
en “La
invención
borgeana
y la
verdad
científica”
coinciden
con
los
mencionados
en
otros
ensayos
del
volumen,
aunque
el
autor
los
localiza
en un
corpus
más
extenso,
unos
veinte
textos,
entre
ensayos
y
cuentos,
algunos
de
ellos
no
estudiados
por
los
otros
colaboradores
del
volumen.
Las
152
páginas
de Borges
y la
ciencia
se
cierran
con la
colaboración
de
Alberto
Boveris,
que
ordena
sus
reflexiones
sobre
“Borges
y el
pensamiento
científico”
según
“cuatro
realidades
sucesivas
del
pensamiento
de
Borges”.
Excepto
la
primera
de
esas
realidades
–Buenos
Aires-,
las
restantes
(el
tiempo
y el
espacio
de la
lógica
matemática,
el
tiempo
y el
espacio
del
laberinto borgesiano
y el
mundo
como
espacio
estético)
revelan
un
permanente
interés
por la
ciencia
en la
obra
de
Borges.
En los
últimos
apartados,
Boveris
hace
un
inventario
de
citas
de la
obra
de
Borges
mencionadas
en
trabajos
científicos
internacionales
desde
principios
de los
años
70.
Cristina
Parodi