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2000

 

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Daniel Balderston, Gastón Gallo, Nicolás Helft. Borges. Una enciclopedia. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma, 1999.


Reseña por Julio Schvartzman

 

El universo Borges propicia comportamientos cartográficos y enciclopédicos, no sólo por la evidente y productiva circulación de mapas y diccionarios en sus textos, sino por la manera con que esos dispositivos se relacionan con la construcción de saberes y ficciones de saber. Que esos trabajos se apliquen al asedio de la propia obra de Jorge Luis Borges no es más que una puesta en abismo prevista en la estructura interna de aquel universo.

“El propósito de este volumen –declaran Balderston, Gallo y Helft en la Presentación– es mostrar algunos elementos esenciales del universo de la cultura según Borges: ver sus centros ocultos, sus límites difíciles de precisar, su carácter desbordante”.

Las casi setecientas entradas abarcan principalmente nombres de personas, con la excepción de poco más de una veintena de carácter “temático”, entre las que figuran Adrogué, Buenos Aires, Francia, Israel, Islandia, Uruguay, Filosofía, Cine, Pintura, Literatura Gauchesca, Género policial, Expresionismo, Ultraísmo, Cábala, Gólem, Tango, Budismo...

Borges. Una enciclopedia modera el componente biográfico, supeditándolo a lo que considera aportes relevantes a la naturaleza de cada artículo. “Tratamos de ser principalmente descriptivos y no interpretativos”, aseguran los autores, y esta veda autoimpuesta condiciona más de lo que pueda parecer en una primera lectura varios niveles del volumen: desde la elección de las entradas y su extensión hasta el tipo de desarrollo interno que tiene cada una, rematada, en general, por una referencia bibliográfica exhaustiva a la propia obra de Borges.

La probidad de esos propósitos y de su ejecución no pueden ocultar la pasión puesta en juego en cada ítem ni la fruición hermenéutica que se desliza en los intersticios de lo “principalmente descriptivo”.

Todos los que han participado en empresas individuales o colectivas de diccionarios y enciclopedias saben cuánto se juega en el interior de los férreos límites del género y cuánto excedente de incitación y sugerencia pueden posibilitar, bien entendidas, sus exigencias de concisión. Podría ilustrar todo esto en algunas entradas ejemplares de esta enciclopedia: Literatura Gauchesca, Género policial, C. S. Lewis, Fritz Mauthner, Joseph Conrad, Filosofía.

Pero no se trata de una mera precisión en las definiciones, sino de aquel punto en que lo que importa es el especialísimo tipo de apropiación que hace Borges de la cultura. Entonces, el registro de un “antecedente”, “una influencia” o un “interés” se valida por la notación del subrayado que produce la máquina Borges. Así, en el artículo “Filosofía”, la dificultad para establecer el carácter platónico o aristotélico (o nominalista) de las opciones de Borges se resuelve en algo diferente a una “oscilación”, a “eclecticismo” y aún a “escepticismo”, término este último más apropiado al caso. Se trata de la noción de “utilización” presente en el artículo o lo que podríamos llamar un uso expropiatorio, desde cierta poética, de la tradición filosófica.

Lo mismo en John Wilkins, donde se anota: “fiel a su actitud general sobre los problemas de la filosofía, Borges no considera seriamente la posibilidad de construcción de un lenguaje semejante [artificial universal], pero utiliza el producto de estas especulaciones con fines poéticos o literarios”.

Así, en “Cábala” (donde se postula que Borges la reivindica desde “una profesión de no fe”), se afirma que “En ‘La muerte y la brújula’ el esfuerzo por entender el universo como un todo necesario y absoluto aparece como un camino erróneo pero interesante”; y en “Llull, Ramón”, ese interés se circunscribe a los “procedimientos mecánicos en los que interviene el azar para llegar al conocimiento”.

Como cada fragmento de holograma, que “es” todo el holograma, cada entrada de la enciclopedia remite al todo Borges. En “Banchs, Enrique”, el deseo de “invisibilidad”; en “Fernández, Macedonio”, el descreimiento sobre el carácter comunicable de la verdad; en “Budismo” (como en “Filosofía” o en “Hume, David”), la ausencia del sujeto o la inexistencia del yo; en “Apollinaire, Guillaume”, la idea de que las innovaciones literarias de un período se convierten en las convenciones del siguiente.

En el final de “Larreta, Enrique” se lee esta confesión: “Sólo tengo dos vicios: leer la Enciclopedia Británica y no leer a Enrique Larreta”. Por eso, sorprende la omisión de una entrada dedicada a esa obra decisiva como fuente, o a la propia noción de enciclopedia. Entre otras escasas omisiones advertidas, no es menor la del Aarón Loewenthal de “Emma Zunz”, en la lista (desde ya, parcial) de personajes judíos, en el artículo “Israel”.

En “Bioy Casares, Adolfo” se hace constar que algunos textos en colaboración Borges-Bioy desconcertaron a los lectores de Sur, incluida Victoria Ocampo. En realidad, la directora de Sur se desconcertó más de una vez con J.L.B., y en ocasiones ese descontento se llamó irritación y se tradujo en cartas públicas. Pero eso no asoma, llamativamente, en el artículo “Ocampo, Victoria”.

Existe un gran esfuerzo de equilibrio en los artículos sobre autores, en los que a un comienzo fuertemente informativo sigue la inscripción de ese autor en los textos de Borges. Por ejemplo, “Flaubert, Gustave”: “Novelista francés (1821-1880), maestro del género realista...” y cuatro líneas más abajo, la lectura que se hace en Discusión de Bouvard et Pécuchet. ¿Por qué, entonces, “Freud, Sigmund” arranca declarando que “Borges nunca simpatizó con Sigmund Freud”?

Es muy raro poder encontrar en una obra de estas características, como se encuentran con tanta frecuencia en Borges. Una enciclopedia, detalles de hallazgos sutiles y deliciosos: desde la comprobación de una cita escondida del prólogo de El Negro del Narciso en “El inmortal”, hasta alusiones secretas a Kipling en los cuentos ambientados en la India; desde la detección de una de las mejores estrategias de Chesterton en “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, hasta la hipótesis que filia en la amistad con Bioy el gusto por la cursilería que se advierte en textos como “El Aleph”. A otro orden de perplejidades, que vira hacia la monomanía de bibliófilo, pertenece la anotación que se lee en “Chuang-Tzu”: dónde habría comprado Borges, en 1916, la versión de Hebert Allen Gilles, de 1889, del texto del filósofo chino.

Deliberadamente contenida en su extensión (con curiosas excepciones como la anotada en último término), la Enciclopedia potenciaría su riqueza con un índice alfabético final liberado de la autoexigencia de los artículos (no incluir entradas sobre cuestiones que Borges no desarrolló explícitamente). Entonces, se podría llegar directamente a Buster Keaton, que ahora permanece “oculto” bajo Chaplin; a las matemáticas, presentes en Kasner; a Leibniz, sin entrada propia, pero disperso en Wilkins y Descartes; a Mansilla y a Vicente F. López, mencionados apenas (pero significativamente) en Echeverría, Sarmiento y Eduardo Wilde; a Infierno, distribuido en Blake y Swedenborg.

Quizás no sea ocioso brindar al lector de esta reseña una lista de las entradas más extensas (en orden de mayor a menor extensión) de Borges. Una enciclopedia. Son las siguientes:

Cine, Filosofía, Mil y una noches, Buenos Aires, Cervantes, Jorge Guillermo Borges (el padre, con un artículo más extenso que el dedicado a Leonor Acevedo de Borges, la madre), Lugones, Chesterton, Género policial, Adolfo Bioy Casares, Cábala, Ramón Llull, John Wilkins, Ultraísmo, Xul Solar, Poe, Schopenhauer, Literatura Gauchesca.

Las fuentes del volumen (cuyo título podría leerse también como una definición del funcionamiento de la textualidad Borges) están en su interior, en la bibliografía final, y fuera de él, en el libro de Nicolás Helft Borges. Bibliografía completa (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1997), en la Colección Jorge Luis Borges de la Fundación San Telmo, de Buenos Aires; y en el sitio internet, www.fst.com.ar

Julio Schvartzman, Buenos Aires


 




 

Published in Variaciones Borges 9 (2000)
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