Reseña
Ezequiel
de Olaso, lector de Borges
Ivan Almeida
Ezequiel de Olaso. Jugar en
serio. Aventuras de Borges. México: Paidós, 1999.
Si las palabras tuvieran clase
social, la palma de la aristocracia se la llevaría, probablemente, el término inglés
"connoisseur", derivado de un obsoleto "connoisseor" francés, y que
se usa para designar (sobre todo en el campo de las artes, de la gastronomía y del
tabaco) al iniciado de alto vuelo, a "quien goza con discriminación y apreciación
de sutilezas"(Merriam Webster).
Tal es la palabra que aflora y se
instala en el espíritu, no bien se han recorrido los primeros capítulos de este libro
breve y denso, inteligente y ágil, en el que el conocimiento se hace gozo y en el que se
pone en acto el arte de hacer filosofía sin perder el sentido del humor.
Ezequiel de Olaso, fallecido antes
de haberlo terminado, no ha escrito, sin duda, este libro acechando las coyunturas del
mercado del Centenario. Al contrario, en un evocador epílogo se declara miembro de una
secta en vías de desaparición: la de los borgesianos que, sin prisa y sin pausa, leyeron
y siguen leyendo las obras del poeta en ediciones viejas, descubriendo referencias
ocultas, trampas textuales, como un juego de enigmas entre texto y lector. Las actuales
enciclopedias y tesis universitarias, las tablas de concordancia, al revelar los secretos,
hacen la lectura más clara desde el inicio, pero la privan de la dimensión lúdica del
descubrimiento. Y el libro concluye: "Rápidamente habrá un whos
who. Y ésa es la negación del propósito con que fueron dispersadas y ocultadas
esas correspondencias. El resto lo harán lentamente las tesis universitarias que irán
descubriendo las alusiones más recónditas. Cuesta dar por llegado el momento de poner
fin al pacto de la secta y comenzar a divulgar los secretos" (capítulo final,
"Las ediciones serias y el fin de una secta", 160).
Jugar en serio no es un libro
de iniciación. Es un libro para iniciados. Por eso comienza con una página que narra el
destino actual (un parque público) de la cárcel de Don Isidro Parodi. Como quien
comienza la conversación dando noticias de la familia.
Y todo prosigue en ese tono
paradójicamente conversador y buscador feliz de la fórmula justa. Los otros capítulos
son: "La poesía del pensamiento", "La sencillez de la Rosa",
"Sobre la obra visible de Pierre Menard", "El otro" y "El
Congreso".
"La poesía del
pensamiento" se abre con una anécdota que permite al autor dar con una lograda
definición de las relaciones entre Borges y la filosofía, definición que presidirá sus
opciones en el resto del libro. Dejo al futuro lector el placer de saborear la anécdota y
transcribo la conclusión "En ese momento no advertimos, ni la delicada filósofa
invisible ni yo, que la alternativa era no buscar el pensamiento de Borges tras sus
ficciones sino, al revés, descubrir ciertos ocultos criterios poéticos que orientaban su
atracción por determinados pensamientos. Según esta conjetura, Borges celebra la
especulación como una admirable posibilidad literaria. Lo que busca es la poesía del
pensamiento" (18). Y más adelante: "No debe alarmarnos demasiado que Borges
fuera un genio intuitivo completamente interesado en rehuir las justificaciones aun a
riesgo de incoherencia (...). Borges amaba las aventuras del pensamiento y esto es raro
entre los intelectuales. Su obra está totalmente expuesta a las rectificaciones de los
pedantes, porque nunca se cuidó de ellos" (20).
Si bien es cierto que se trata de un
libro para iniciados, el capítulo intitulado "La sencillez de la rosa", esboza,
retóricamente, la pregunta "¿cómo iniciarse en la lectura de Borges?". La
primera regla parece ser la de seguir la estrategia de los recursos ocultos, o los
felizmente llamados "crímenes literarios": "Me parece que el autor deja
estas huellas de crímenes literarios como enigmas cuya clave puede, y hasta
debe, buscar el lector. He notado que a veces, cuando se los advierte, se los suele
desechar como espejismos de la lectura o como meras distracciones del autor. Es mejor
tomarlos en serio, volver al comienzo del texto, dejarse guiar por ellos y aventurarse a
descubrir nuevos significados" (25). Otro rasgo: "Las palabras del texto no son
capaces de expresar la experiencia íntima de sentir que ese instante es inefable. La
sutileza está en que la manera de contar de Borges forma parte yo diría, es
síntoma- de aquello de que está hablando" (40). Todo el capítulo se desarrolla
como la entonación de un contrapunto "ético" entre Borges y el barroquismo
(Marino sobre todo, también Góngora). Y concluye: "Ahora, uno de los secretos de la
personalidad de Borges es su condena irrestricta de la vanidad. La vanidad del autor es el
defecto específico de los artistas. Y de este modo llegamos a uno de los temas centrales
de la aventura de Borges: la abdicación, la desaparición completa del autor en favor de
la obra de arte" (56).
Más de un tercio de este breve
libro está consagrado a un ensayo "Sobre la obra visible de Pierre Menard". El
capítulo empieza por otra advertencia de "connoisseur": "El arte de la
lectura se cifra casi enteramente en acertar con el ritmo adecuado para cada obra y hasta
para cada pasaje. A veces el mismo escritor nos lleva, como García Márquez o Cortázar.
En cambio Borges nos exige avanzar y a la vez estar siempre dispuestos a detenernos y
releer. Esa particularidad pone constantemente en riesgo el vulnerable y misterioso
contacto con su escritura". El ensayo está destinado a explorar una hipótesis
(sugerida casi involuntariamente por Rodríguez Monegal) según la cual el relato
"Pierre Menard" sería la ilustración de dos concepciones de la literatura que
Borges creyó ver en Valéry: el ideal del texto puro (al que correspondería la obra
visible de Menard) y el de la literatura contextual, que da primado a las circunstancias y
personas (al que correspondería la obra invisible). Olaso recorre minuciosamente la
hipótesis, para refutarla parcialmente al final. Pero quedan los placeres del recorrido,
que nadie nos puede ya quitar. Entre otros, el del siguiente punto de vista: "A veces
se ha jugado con la idea (y seguramente alguien la ha convertido en aserción) de que esta
composición de Borges es una crítica a algunos rasgos un poco ridículos del grupo de la
revista Sur y, en particular, de Victoria Ocampo. Prefiero adelantar una hipótesis
inversa, que fue "Pierre Menard, autor del Quijote" el que causó, físicamente,
hechos y sucesos en Sur. Para aceptar mi reconstrucción hay que partir de un
axioma: con la literatura fantástica no se juega impunemente" (80-81).
El capítulo consagrado al cuento
"El otro" ya ha aparecido, como primicia, en las páginas de Variaciones
Borges 5 (1998), al que me permito remitir. Es un epítome del arte de filosofar del
autor.
El último capítulo presenta una
visión original del relato "El Congreso". Olaso parte de un hecho al parecer
banal: en la edición del Archibrazo, de 1971, Borges fecha el relato en 1975, mientras
que en la edición de El libro de arena, "El congreso" aparece fechado en
1971. "No hay diferencias textuales entre ambas ediciones. El Congreso
es, y aquí adelanto mi primera hipótesis, un texto político. Más precisamente, un
relato sobre el nacimiento y el desenlace de una utopía política. Hay que tener en
cuenta que 1955 es el año del derrocamiento de Perón. Que Borges haya escrito en ese
año este texto puede ser interesante; que lo haya escrito en otra fecha pero que haya
querido sellarlo con esa fecha simbólica puede ser más interesante aún. Las dos fechas
las ha puesto Borges. ¿Hay aquí un enigma interesante?" (137). La respuesta ya hay
que leerla en el libro.
Este libro me parece lo más
adecuado para saborear, con toda tranquilidad, cuando haya pasado el Centenario, con sus
festejos y sus resacas.