[[
Julio Ortega, Elena del Río Parra (eds.).
“El Aleph” de Jorge Luis Borges. Edición crítica y facsimilar.
México: El Colegio de México, 2001.
Reseña por Cristina Parodi
Gracias a este esmeradísimo esfuerzo editorial del
Colegio de México, los estudiosos de Borges cuentan desde ahora con una
edición facsimilar totalmente asequible del célebre manuscrito de “El
Aleph”. El volumen cuenta con 113 páginas divididas en 6 secciones.
En la primera sección (Prólogo y “Nuestra edición”),
los editores señalan que, a pesar de lo mucho y valioso publicado con
ocasión del centenario, no se hizo ningún trabajo de edición crítica, sino
que se reprodujeron las erratas de las ediciones existentes. El volumen se
presenta así como el primer intento de establecer un texto de Borges a
partir de su manuscrito, en una edición crítica, a la vez que como una
lectura filológica e histórico-literaria de ese cuento que revelaría –en
su extrema condensación– todo el proyecto literario de Borges. La edición
se basa en el manuscrito de 1945, regalo del autor a Estela Canto,
adquirido en 1985 por Biblioteca Nacional de Madrid en el remate de
Sothesby’s. La BNM ya había publicado ese manuscrito en edición facsimilar
en 1989, acompañado de la primera impresión del cuento en Sur
(Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá de Henares, 1989). Los editores
señalan que ese manuscrito fue “comentado” por P. Bernés en 1993, en la
edición francesa de las obras completas, y que esa edición “a pesar de no
verse incluida en una edición crítica”, era hasta hoy la única que, sobre
la base del manuscrito, anotaba el texto. De la que aquí nos ocupa,
reconocen que podría mejorarse con una “lectura genética” del cuento
cuando la “familia textual” esté disponible. Esa familia textual no está
completa todavía ya que falta recuperar el cuento que mecanografió Estela
Canto y que sirvió para componer la primera impresión en Sur.
La segunda sección contiene las 21 páginas del “Facsímil”.
La reproducción es de una calidad irreprochable. La pequeña escritura
desligada y clara de Borges, las tachaduras, los esquemas, las añadiduras
marginales, se ofrecen generosamente, sin tapujos, procurando al lector la
venturosa ilusión de participar al nacimiento de la obra.
La tercera sección contiene la “Edición crítica”
propiamente dicha. Las páginas aparecen divididas en dos columnas: a la
izquierda, figura el texto publicado por la editorial Losada en 1949 y, a
la derecha, se señalan en forma clara las diferencias, incluyendo algunos
cambios que esa edición aporta a la de 1945 aparecida en Sur. Los
editores apuntan, además, las opciones consignadas en el proceso de
escritura del cuento: variantes no incorporadas, comentarios, notas de
Borges, resúmenes, fusiones; descifran un considerable número de
tachaduras, divergencias en la puntuación, opciones aceptadas y
desechadas. También toman decisiones sobre erratas, en casi todos los
casos restituyendo la escritura del manuscrito. Paradójicamente, la
ventaja de poder “mostrar” que tiene esta edición con respecto a la de
Bernès, que sólo puede “decir” (y que aquí es calificada de “descriptiva y
sólo parcialmente crítica”), no necesariamente redunda en un mayor grado
de valor crítico.
A partir de las “Notas”, que configuran la cuarta
sección, el rigor crítico de la empresa se hace cada vez más dudoso.
Presentadas como “anotaciones de carácter histórico-literario” para
reconstruir los “contextos del relato” y las fuentes y alusiones, las
notas incluyen información de distinto tipo: desde datos sobre nombres de
escritores mencionados en el cuento (Hobbes, Storni ..., fechas de
nacimiento y muerte, títulos de obras...), nombres de personas de la
sociedad argentina de la época, familiares de Borges; nombres de lugares
de Buenos Aires (¿por qué sí la calle Garay y no la calle Soler?) o más
lejanos: su ubicación y eventualmente papel histórico (Queensland en
Australia, el río Ob de Siberia, Querétaro, ... ¿por qué Santos y no Fray
Bentos?); posibles relaciones de la trama con la vida de Borges;
comentarios de Borges sobre “El Aleph” en entrevistas; contienda
anecdótica con Harold Bloom, recomendación de bibliografía sobre temas
parciales; comentarios sobre cuestiones retóricas, estilísticas,
estrategias narrativas; notas léxicas: “volver tarumba” o “epítome”, que
cualquier lector puede encontrar en el Diccionario de la Real Academia, o
la traducción del término Mengenlehre. Sin contar la nota
bibliográfica sobre un pintor a quien, como a uno de los personajes de “El
Aleph”, le cayó en suerte llevar el apellido Daneri (dicho sea de paso, la
guía telefónica argentina consigna 405 entradas “Daneri”). A esta altura
los editores parecen haber perdido de vista dos nociones importantes: la
de la naturaleza de las anotaciones a una edición crítica, y la del lector
implícito de dichas notas: las ignorancias que se le suponen (Ezequiel,
Procusto, Goldoni, Musset, Leviathan) no se armonizan con la cultura
básica que se le presupone a un rastreador de ediciones críticas y
manuscritos.
Si la sección “notas”, aunque aquí parcialmente
malograda, ocupa un lugar indiscutible en la edición crítica de un
manuscrito, la pertinencia de la quinta sección –“Lecturas” (una
“selección de opiniones críticas como muestra de las diversas lecturas
suscitadas por el cuento”)– se vuelve totalmente cuestionable. Sin objetar
para nada la autoridad de los autores de los conocidísimos fragmentos
presentados, no se ve claramente en qué constituyen un aporte a la
“edición crítica” de un manuscrito. Se trata de los textos siguientes:
Emir Rodríguez Monegal, “Belle Dame sans merci”, de Jorge Luis Borges.
A Literary Biography (1978, en inglés); Roberto Paoli, “Ambigua
Beatriz”, de Persorsi di Significado (sic) (1977, en italiano);
Daniel Devoto “Aleph et Alexis”, de L’Herne (1964, en francés);
Maurice Blanchot, “El infinito literario: El Aleph”, de El libro que
vendrá (1969, en traducción al español); Saúl Sosnowski, “La Cábala”,
de Borges y la Cábala, (1976, en español).
Pero donde la empresa parece haber totalmente
olvidado el afán crítico es en la inclusión de dos textos atribuidos a
Borges. Del primero –“El Aleph”, de J. L. Borges– sólo se señala que es un
“Comentario de Jorge Luis Borges para la traducción al inglés de 1970”.
Ningún otro dato (la lengua original, por ejemplo) que permita, al menos,
citarlo correctamente. El segundo es una conferencia póstuma (“Mi prosa”)
de la que se da como primera y única fuente La jornada semanal,
México, 16 de junio, 1996, y se señala entre paréntesis que es de 1973.
Ninguna precisión sobre los orígenes acompaña a este texto, que se ofrece,
así, como la transcripción ciega del texto de un periódico popular. Quien
consulte La jornada de ese día sólo se enterará de que se trata de
una de dos conferencias que Borges dio en 1973, sin más precisiones. Pero
hay más. La conferencia en cuestión es sin duda excelente, y aborda en
forma extensa un análisis de “La carta robada” de Poe. Ahora bien, ni la
revista mexicana ni los editores de este volumen parecen recordar que el
célebre detective de Poe se llama Auguste Dupin y no Dupont
(detective de Tintin), como le hacen decir a “Borges” a lo largo de
toda la conferencia.
La sexta y última sección, consagrada a la
“Bibliografía”, participa de la ausencia de criterios de selección y
ordenamiento en la que ha ido progresivamente cayendo esta edición.
Curiosamente, el manuscrito original de “El Aleph” (y no sólo el facsímil)
figura entre las “principales ediciones y traducciones de “El Aleph”. Son
mencionadas, además, dos traducciones del cuento (o del libro que podría
contenerlo) al inglés, una sola al alemán, una italiana, una portuguesa,
una catalana, una francesa, una coreana, una polaca… pero nada sobre la
traducción rusa, la china, la danesa, la holandesa, la rumana, la reciente
brasilera…
Resulta igualmente difícil adivinar el criterio que
ha guiado la selección de “estudios”, que ocupan cuatro amplias páginas de
la bibliografía. En una edición crítica, lo adecuado hubiera sido señalar
sólo los estudios que aportan información o reflexión sobre la edición del
texto. Uno puede preguntarse, por ejemplo, el porqué de la presencia en la
bibliografía de los 7 volúmenes de la concordancia de Isbister & Standish,
(que consiste en el ordenamiento alfabético de cada palabra de algunas
obras de Borges) y de la ausencia del libro de Vicente Sabido
Concordancia de El Aleph (Granada 1990) o, más extraño aún, la de un
título que lleva por autor, casualmente, a uno de los editores (Elena del
Río Parra), y como título, “El manuscrito de ‘El Aleph’: la forma del
universo y otros esbozos textuales” (Insula 631-632, julio-agosto
1999). Prosigamos: mientras otro de los editores (Julio Ortega) calla su
propio artículo “’El Aleph y el lenguaje epifánico” (varias ediciones,
1999), el lector se pregunta si ha sido verificado el título, los datos de
edición y sobre todo el contenido del libro Borges, el Aleph y le male
frances (sic) de Darinka. Finalmente, ¿por qué es pertinente para la
edición crítica de “El Aleph” todo un número doble de la revista
Anthropos, o la biografía de Borges por Woodall, y no el estudio de
Vera Gerling “Interpretar la obra de Borges: El Aleph en traducción
alemana entre 1959 y 1992” (1996)?
A pesar
de esos puntos débiles, la aparición de este volumen debe ser saludada
como un momento importante en la historia editorial de las obras de
Borges, particularmente por las 21 páginas consagradas al facsímil.
Cristina Parodi