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Carlos Cañeque, Ramón Moscardó. El pequeño Borges imagina la
Biblia.
Barcelona:
Sirpus, 2001.
Reseña por Cristina Parodi
Los autores de este libro ilustrado se presentan como
dos barceloneses, R. Moscardó, pintor, y C. Cañeque: profesor de Ciencias
políticas, premio Nadal de novela en 1997, y ya autor de un libro de
entrevistas sobre Borges.
Se trata del primer volumen de una serie que, según
la presentación en la cubierta, tiene como objetivo “acercar a los niños a
seis textos de la literatura clásica: la Biblia, la Ilíada, la
Odisea, la Eneida, la Divina Comedia y el Quijote”.
El personaje principal es “el pequeño Borges”, un
niño de unos seis años, que por la mañana va a la escuela, y en su casa
escucha cuentos de la Biblia que le lee la abuela, sueña y escribe.
La narración parece prever lectores de la edad del
personaje, para los que el autor reduce la Biblia a cuatro escuetas
escenas: la de un hombre que “conseguía hacer un camino que pasaba por el
medio del mar”; la de una lluvia tan fuerte que “el mundo entero se
llenaba de agua y un señor y unos animales conseguían salvarse con una
gran barca de madera”; el cuento de “la manzana y la serpiente”, y el de
“ese pobre señor que le clavaron las manos y los pies en una cruz de
madera”, desgracia de la que tuvo la culpa “un hombre muy malo (...) que
le dio un beso para que los romanos lo distinguieran y lo mataran”.
La muy compendiada narración, poco más extensa que lo
citado, se explicaría por la decisión del autor de presentar no los temas
de la Biblia sino “la lectura que hizo el propio Borges en sus escritos”.
No obstante, en las dos primeras historias no hay indicios de cómo fueron
posteriormente elaboradas en la obra de Borges.
La manzana y la serpiente dan ocasión a que, en la
escuela, la maestra de Borges predique que “el señor y la señora que
comieron la manzana hicieron tan mal en comerla que Dios los tuvo que
echar de su jardín”, con lo cual “expulsó para siempre a todos sus hijos,
aunque, en ese momento, no habían nacido”. Y también da ocasión a que, las
palabras de la maestra sean reforzadas por una voz autorial que nos
explica: “En realidad, sus hijos somos todos nosotros, o sea, todos los
hombres y las mujeres y los niños y las niñas del mundo que han existido,
que existen y que existirán”. La maestra completa: “todos nacemos con esa
culpa y nadie, ni el hombre más bueno de la tierra, se libra del castigo
por lo que hicieron los señores del jardín al comer la manzana”. En este
episodio, el personaje de Borges niño sufre un –justificable- eclipse
momentáneo.
En cambio, la historia del hombre malo que tuvo la
culpa de que a un pobre señor lo clavaran en una cruz de madera, tiene
como consecuencia que el pequeño Borges se queda pensando que “el hombre
malo era necesario para salvarnos y que, por lo tanto, no podía ser tan
malo”. Tal vez, estas reflexiones del pequeño Borges apunten a sugerir a
los niños temas borgesianos como la coincidencia de los opuestos.
Cuatro episodios desbordan del cauce bíblico inicial:
a) Borges dibuja a un tigre (y coloca el dibujo en el espejo); en sus
sueños, el tigre crece y crece hasta llegar a ser grande como la casa y
jugar con la luna como si fuera una pelota; b) la abuela le lee un libro
que trataba de un laberinto y un “monstruo casi tan malo como el hombre
del beso (...) con cabeza de toro y cuerpo de hombre” (lo que provoca en
Borges tristeza por los toros matados en las corridas); también en este
caso, Borges piensa que “tal vez el monstruo no fuera tan malo como decía
la abuelita”; c) una confesión del padre al pequeño Borges de que un
“pajarito” le ha dicho que “cuando seas mayor serás un genio”; d) el
cuento que “Borges” sueña y luego escribe para participar en un concurso:
un mago que, mediante una bola de cristal, podía llevar a la realidad
todas las imágenes de los libros; “el mago hizo con cálculo con los
números tres y el siete y, a continuación, Borges vio el ojo de Dios y
todas las cosas del mundo a un mismo tiempo. Vio el pasado y el futuro con
la misma claridad que el presente. Vio su nacimiento y su muerte, y toda
su vida en un solo instante”; e) la escena final del libro: el padre de
Borges, llorando de alegría, porque el pequeño Borges, ante “los aplausos
de todo el colegio puesto de pie”, recibe el premio del concurso.
Desconcierta que, en un libro que, tanto por el
lenguaje elegido como por la extrema simplificación de los relatos, está
supuestamente destinado a lectores de la edad del personaje, la página
inicial presente al héroe en los siguientes términos: “Sus cuentos han
sido incluidos –a pesar de que él no se mostraba nada partidario de las
clasificaciones- dentro del género de la literatura fantástica. Abundan en
éstos algunos recursos literarios –como la alteración del orden del
tiempo, la magia y los sueños-, además de un abanico de símbolos
inventados o recreados –como el laberinto, el espejo y el tigre- cuyo
poder estético ha alcanzado la misma altura que su estilo inimitable”.
El volumen asume las dimensiones tradicionales de los
libros para niños: 30 páginas en formato mayor, tapas duras, ilustraciones
que cubren dos páginas por vez, en las que van incrustados los breves
textos. Las pinturas pretenden “hallar encuadres singulares de los pasajes
seleccionados y desarrollar un sentido del color y de las formas”.
En el momento de recoger el libro caído de
las manos, el lector recuerda aquel célebre proverbio que pudo haber
inventado Borges niño: “para ser fuerte como un tigre no hay que comerse
el tigre, sino comer lo que el tigre come”.
Cristina Parodi