[[
Juan
Arana. La eternidad de lo efímero.
Ensayos sobre Jorge Luis Borges.
Madrid: Biblioteca Nueva, 2000.
Reseña por Ivan Almeida
En el medio borgesiano, el apelativo “filósofo
profesional” podría sonar a burla, ya se sabe por qué. Aplicado, sin
embargo, al rigor inspirado con que el epistemólogo Juan Arana trata
filosóficamente la obra literaria de Borges, la expresión aspira aquí a
ser un puro elogio, surgido del alivio y el júbilo que proporciona el leer
finalmente un libro de esa categoría cuyo autor es experto en los temas
que trata. Cosa rara en este momento en que, de haber sido considerada una
provincia de la literatura fantástica, la filosofía pasa por ser con
frecuencia, para los hombres de letras, un aledaño de esa forma de indocta
sapiencia que a veces se oculta bajo el nombre de “estudios culturales”.
El último libro de Juan Arana es una breve antología
de seis ensayos más o menos ocasionales, uno de los cuales (el cuarto,
“Primeras inquietudes filosóficas” fue otrora publicado en esta misma
revista. Los otros cinco son: “El compromiso del escritor” (publicado en
1988 en Río de la Plata 20/21), “La superación de la modernidad”
(2), “La escritura como destino” (publicado en 1997 en Tópicos
13:2), “El antihumanismo de un humanista” (publicado en la antología de
Fuentes y Tovar La aurora y el poniente) y “La eternidad de lo
efímero” (publicado en 1999 en la antología de A. de Toro El Siglo de
Borges).
A pesar del vario origen de los textos, todos
responden a una preocupación homogénea. A diferencia de su primer libro
sobre Borges (El centro del laberinto. Pamplona: Eunsa, 1994), en
el que se trataba de una exploración de “motivos” filosóficos en la obra
borgesiana, aquí, de lo que se trata es de una elucidación filosófica del
gesto mismo de la escritura en Borges, más allá de los temas.
Valgan algunos ejemplos.
El ensayo “El compromiso del escritor” se ofrece como
una de las raras indagaciones sobre el susodicho y trillado tema que
logran situarse más allá de lo anecdótico. “Quien salva, quien justifica
–escribe Arana– es el libro, el poema, no su autor. Por eso el compromiso
supremo del escritor consiste en permitir a sus obras que ejerzan su
salvífica misión sin malograrlas con sus anecdóticas pretensiones. La
obra sabe más que quien la escribe…” (39). Y acaba con una inversión muy
borgesiana del planteo mismo del problema: “Víctor Massuh dijo que Borges
vivía «en estado de literatura», y realmente era así. Quienes le censuran
por ello a lo mejor no son capaces de tomarse muy en serio las letras.” De
allí que “lo justo sería entonces decir que el compromiso de Borges como
escritor es inexplicable, no inexistente” (42).
Igual tratamiento refrescante obtiene la otra
pregunta, también de moda, a propósito del encasillamiento de la escritura
de Borges den-tro del binomio de categorías moderno/postmoderno. En “La
superación de la modernidad”, lo saludable es, de nuevo, el planteo del
problema: “… el interés que para alguien con el talante de Borges podría
tener la superación de la modernidad, no es un instalarse en lo que vaya a
venir «detrás» de ella, es decir en un locus yuxtapuesto o
sucesivo. Es el prefijo topológico post lo que decididamente
expulsa a la posmodernidad del horizonte de las expectativas borgianas”
(50). Y explica, basándose en la simbiosis que hace Borges entre
causalidad y razón suficiente, que “lo que nuestro hombre buscaba no era
situarse en la avanzada de un proceso, sino salirse de él, marginarse de
la historia en lugar de aspirar a ser su punta de lanza” (54). La radical
“ucronía” de la escritura de Borges le hace escapar de los distingos
temporalistas con el propósito de “transformar las inestables peripecias
de nuestro discurrir en el tiempo en átomos de eternidad donde nos hacemos
nadie para serlo todo” (59). Curiosamente, ese afán se nutre, según Arana,
en esos “grandes relatos” que recusan, precisamente, los post-modernos que
se reclaman de Borges.
Una tercera muestra, para concluir. El ensayo “La
escritura como destino” renueva tanto el planteo de la pregunta como el
área textual a partir de la cual se la articula. La pregunta concierne la
posibilidad de una autonomía de lo literario, en el sentido en que Kant
hablaba de una autonomía de lo ético, que podría llevar a “otorgar una
justificación artística a la ética y a la metafísica” (70). No se puede
decir que Borges tenga una respuesta unívoca a esa pregunta; El principal
mérito de Arana en este punto ha sido el de articular la forma en que
Borges plantea la pregunta misma, particularmente a través de los prólogos
que figuran en el 4º volumen de las Obras completas. La posibilidad
de la “salvación” por la literatura o la consideración de la naturaleza
privativa del concepto de perfección, son otros tantos temas en los que
Borges solicita en forma estimulante –y logra- el quehacer filosófico de
Arana. Los otros capítulos son del mismo talante.
Ivan
Almeida