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2002

 

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Juan Arana. La eternidad de lo efímero. Ensayos sobre Jorge Luis Borges. Madrid: Biblioteca Nueva, 2000.


Reseña por Ivan Almeida

 

 

En el medio borgesiano, el apelativo “filósofo profesional” podría sonar a burla, ya se sabe por qué. Aplicado, sin embargo, al rigor inspirado con que el epistemólogo Juan Arana trata filosóficamente la obra literaria de Borges, la expresión aspira aquí a ser un puro elogio, surgido del alivio y el júbilo que proporciona el leer finalmente un libro de esa categoría cuyo autor es experto en los temas que trata. Cosa rara en este momento en que, de haber sido considerada una provincia de la literatura fantástica, la filosofía pasa por ser con frecuencia, para los hombres de letras, un aledaño de esa forma de indocta sapiencia que a veces se oculta bajo el nombre de “estudios culturales”.

El último libro de Juan Arana es una breve antología de seis ensayos más o menos ocasionales, uno de los cuales (el cuarto, “Primeras inquietudes filosóficas” fue otrora publicado en esta misma revista. Los otros cinco son: “El compromiso del escritor” (publicado en 1988 en Río de la Plata 20/21), “La superación de la modernidad” (2), “La escritura como destino” (publicado en 1997 en Tópicos 13:2), “El antihumanismo de un humanista” (publicado en la antología de Fuentes y Tovar La aurora y el poniente) y “La eternidad de lo efímero” (publicado en 1999 en la antología de A. de Toro El Siglo de Borges).

A pesar del vario origen de los textos, todos responden a una preocupación homogénea. A diferencia de su primer libro sobre Borges (El centro del laberinto. Pamplona: Eunsa, 1994), en el que se trataba de una exploración de “motivos” filosóficos en la obra borgesiana, aquí, de lo que se trata es de una elucidación filosófica del gesto mismo de la escritura en Borges, más allá de los temas. Valgan algunos ejemplos.

El ensayo “El compromiso del escritor” se ofrece como una de las raras indagaciones sobre el susodicho y trillado tema que logran situarse más allá de lo anecdótico. “Quien salva, quien justifica –escribe Arana– es el libro, el poema, no su autor. Por eso el compromiso supremo del escritor consiste en permitir a sus obras que ejerzan su salvífica misión sin malograrlas con sus anecdóticas pretensiones. La obra sabe más que quien la escribe…” (39). Y acaba con una inversión muy borgesiana del planteo mismo del problema: “Víctor Massuh dijo que Borges vivía «en estado de literatura», y realmente era así. Quienes le censuran por ello a lo mejor no son capaces de tomarse muy en serio las letras.” De allí que “lo justo sería entonces decir que el compromiso de Borges como escritor es inexplicable, no inexistente” (42).

Igual tratamiento refrescante obtiene la otra pregunta, también de moda, a propósito del encasillamiento de la escritura de Borges den-tro del binomio de categorías moderno/postmoderno. En “La superación de la modernidad”, lo saludable es, de nuevo, el planteo del problema: “… el interés que para alguien con el talante de Borges podría tener la superación de la modernidad, no es un instalarse en lo que vaya a venir «detrás» de ella, es decir en un locus yuxtapuesto o sucesivo. Es el prefijo topológico post lo que decididamente expulsa a la posmodernidad del horizonte de las expectativas borgianas” (50). Y explica, basándose en la simbiosis que hace Borges entre causalidad y razón suficiente, que “lo que nuestro hombre buscaba no era situarse en la avanzada de un proceso, sino salirse de él, marginarse de la historia en lugar de aspirar a ser su punta de lanza” (54). La radical “ucronía” de la escritura de Borges le hace escapar de los distingos temporalistas con el propósito de “transformar las inestables peripecias de nuestro discurrir en el tiempo en átomos de eternidad donde nos hacemos nadie para serlo todo” (59). Curiosamente, ese afán se nutre, según Arana, en esos “grandes relatos” que recusan, precisamente, los post-modernos que se reclaman de Borges.

Una tercera muestra, para concluir. El ensayo “La escritura como destino” renueva tanto el planteo de la pregunta como el área textual a partir de la cual se la articula. La pregunta concierne la posibilidad de una autonomía de lo literario, en el sentido en que Kant hablaba de una autonomía de lo ético, que podría llevar a “otorgar una justificación artística a la ética y a la metafísica” (70). No se puede decir que Borges tenga una respuesta unívoca a esa pregunta; El principal mérito de Arana en este punto ha sido el de articular la forma en que Borges plantea la pregunta misma, particularmente a través de los prólogos que figuran en el 4º volumen de las Obras completas. La posibilidad de la “salvación” por la literatura o la consideración de la naturaleza privativa del concepto de perfección, son otros tantos temas en los que Borges solicita en forma estimulante –y logra- el quehacer filosófico de Arana. Los otros capítulos son del mismo talante.

Ivan Almeida

 


 

 

 

Published in Variaciones Borges 13 (2002)
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