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Daniel Balderston. Borges:
realidades y simulacros. Buenos Aires: Editorial Biblos,
Colección Señales de la Crítica, 2000
Reseña por Cristina Iglesia
Daniel Balderston ha construido una gran parte de su
trabajo crítico y de sus aportes bibliográficos alrededor de la obra de
Borges. La apuesta central de este abordaje está en las páginas de ese
libro lúcido e irreverente llamado ¿Fuera de contexto? que propone
una lectura que contraría y desestabiliza las tendencias más arraigadas de
la crítica moderna borgeana, al mismo tiempo que proporciona momentos de
felicidad a los lectores que comparten sus descubrimientos, inesperados y
largamente intuidos, como todos los descubrimientos.
Borges: realidades y simulacros
reúne diez artículos sobre distintos aspectos de la escritura de Borges
elaborados entre 1983 y 1999 y, a diferencia de ¿Fuera de contexto?
y de El precursor velado: R.L. Stevenson en la obra de Borges se
publica en castellano antes que en inglés.
Los primeros ensayos del volumen, “La marca del
cuchillo”, “Evocación y provocación. La figura de Juan Muraña” y “Dichos y
hechos. Gutiérrez y la nostalgia de la aventura” se leen en sintonía. La
reproducción de una escueta línea de un diálogo de Borges con Balderston,
desata uno de los sesgos de la escritura crítica, aquella que persigue las
huellas visibles pero erráticas de la ficción en la percepción de los
grumos que condensan relatos nunca explicitados o apenas vislumbrados.
Varios textos de Borges son trabajados siguiendo el itinerario de las
historias que las cicatrices cuentan o dejan de contar, como en “La forma
de la espada”.En el camino abierto por Sylvia Molloy en Las letras de
Borges, la búsqueda delimita así una poética en la que los personajes
llegan a preferir marcar a matar, porque la marca en el cuerpo se
convierte en rúbrica , en letra cuyo trazo permite asimilar el cuchillo a
la pluma, una letra, en fin, con la marca de una tradición nacional:
“Borges viene a desarrollar el significado del signo de la cicatriz
facial dentro del contexto específico de una tradición literaria
argentina, en la cual ser marcado significa perder”. La crítica de
Balderston repone también la serie desde la que es posible completar la
inclusión del “detalle”: resignificada como pérdida, la cicatriz, la
marca, la rúbrica se recuperan como condensaciones de relatos, como su
posibilidad infinita dentro de una tradición que tiene, para Borges,
orígenes muy precisos. Así, Balderston encuentra en la admiración de
Borges por la “pelea callada” -que alguna vez leyó en los folletines de
Eduardo Gutiérrez-el núcleo de algunos de sus relatos y también el núcleo
ficcional de la mitología personal construida por el escritor. En otro
ensayo del volumen, que podría agruparse con los anteriores, titulado
“Gauchos y gauchos. Excursiones a la frontera uruguayo-brasileña”,
la frontera del norte, (por oposición al límite del Sur, ese Sur “más
antiguo y más firme”), es trabajada minuciosamente como espacio
constitutivo de la obra borgena y sobre todo como “otro” paisaje para las
acciones de personajes que se mueven en el límite impreciso entre el culto
al coraje y el fervor suicida.
Más allá de este pequeño corpus de artículos que
presentan temáticas e intereses que permiten una lectura de conjunto, los
restantes ensayos despliegan modos diversos e inquietantes de ingresar al
universo textual de Borges.
Así “La dialéctica fecal: pánico homosexual y origen
de la escritura” enfoca el modo temeroso y elusivo con que Borges abordó
el tema de la homosexualidad en relatos y ensayos, “Fundaciones míticas en
La muerte y la brújula” descubre, con erudición e ironía la trama
oculta de las referencias culturales del relato, en la misma línea de
lectura que establece conectores inesperados entre la historia y la
ficción desarrollada en Out of context y “El joven radical”
rastrea las implicancias literarias de la admiración de Borges por
Yrigoyen, el caudillo “taciturno y casi desganado”. Por su parte “Beatriz
Viterbo c’est moi” subraya la irrupción de la escritura autobiográfica en
el libro de Estela Canto Borges a contraluz y “El escritor
argentino y la tradición (occidental)” despliega una fascinante discusión
sobre la construcción de cánones en la que Balderston enfrenta a Borges
con Harold Bloom.
Cada uno de estos textos se posa sobre un borde
inesperado de la escritura borgeana, cada uno de ellos asombra al lector
con el armado de nuevas constelaciones de sentido. Pero “Borges,
ensayista”, da un paso más y se convierte en una gran lección de análisis
crítico. A partir de una demanda externa (compilar, traducir y anotar más
de 200 citas de Borges que pudieran usarse fuera de su contexto original
para la versión en CD del Columbia Dictionary of Quotations)
Balderston seguirá la huella del momento en que algunos textos de Borges
se condensan en una frase epigramática y encontrará que en sus ensayos de
las décadas de 1940-1950 se advierten, con más frecuencia, estos epigramas
-casi siempre ubicados al final de los textos-que desafían con sus
imágenes dubitativas y tentativas, la posibilidad de cualquier riesgo
asertivo. Con efecto de zoom, la lectura de Balderston trae al
primer plano los fragmentos precisos de “La muralla y los libros”,
publicado en Otras inquisiciones y descubre las insinuaciones de
relato, las posibilidades de trama que subyacen en la prosa ensayística.
Irrumpe entonces una nueva lectura para un fragmento muchas veces citado,
muchas veces recordado que dejará al descubierto toda su extrañeza, toda
su incertidumbre: “La música, los estados de felicidad, la mitología, las
caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares,
quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o
están por decir algo: esta inminencia de una revelación que no se produce,
es quizás, el hecho estético” Esta frase, llena de vacíos y promesas es,
para Balderston, un ejemplo mayor del modo provisional con el que Borges
socavó la certeza de un género, el ensayo, ejercido en Latinoamérica por
voces más enfáticas. Borges, ensayista es un ejemplo de la pasión,
la erudición y el rigor que la crítica literaria necesita para existir.
Cristina Iglesia
Universidad de Buenos Aires